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“¿Cuántos cines había entonces en la ciudad? Así, sin pensarlo demasiado, ahora mismo evoco nueve: “Casablanca”, “Alkázar”, “Encanto”, “Guerrero”, “América”, “Avellaneda”, “Social”, “Camagüey”, “Amalia Simoni”. “

No voy a hacer muchas acotaciones en torno a las palabras que anteceden estas líneas porque todo aquel que las lea y sea adicto al cine cubano y a los que de este escriben solo podrá pensar dos nombres detrás de esas frases: Luciano Castillo o Juan Antonio García. Son del segundo de estos prestigiosos críticos: ese segundo es un alma nostálgica que aun después de muerto estará desandando por los sitios donde estuvieron esas salas que en sus recuerdos vagan con el viento que se las lleva cada día y a cada hora en que él las rehace al pensarlas.

Creo que muchos de nosotros tenemos un cine de la infancia que se ha ido o tal vez más de unos. Me fui a la Habana de niño con mi madre y dejé un majestuoso cine Politeama en el Batey del central Chaparra y un cine sin majestad alguna pero con un encanto de saloon de western donde se confundían los adornos de praderas californianas con sombrerotes mejicanos, matas de cactus en las paredes, mantas, un colt y potros como adornos que su dueño se antojaba; ese era el cine de Pueblo Viejo, si tenía nombre no puedo recordarlo. El dueño era Batista, un señor canoso y blanco que en un jeep anunciaba por el día todo cuanto se exhibiría en las noches por los precios de 15 o 30 centavos. Delante de cada uno de los cines de Chaparra usted podía leer las carteleras que las hacía un muchacho lisiado y luego pasaron a la responsabilidad de Pachi Céspedes. La plantilla del diario del cine de Pueblo Viejo era de tres personas más conocidas en el pueblo que cualquier senador: Ermita, Campín y Nicolás, cariñosamente conocido como “el diablito”, porque así se disfrazaba para tiempos de fiestas. En La Habana me hice asiduo del City Hall, el Maravillas, el Manzanares, el Infanta y cuando había un gran estreno me iba con mi tío hasta el Radio centro.

Ya me había hecho un adicto a los cines que circundaban la casa donde residía en La Habana y me censuro haber olvidado por un tiempo a mi viejo Politeama de pantalla cinemascope y a la guarida de madrea que crecía junto al Palín de Pueblo Viejo. Llegaron los años sesenta del pasado siglo (parece muy distante cuando se habla así) y el ciclón Flora- como todos le llamaron y como lo eternizó Santiago Álvarez en la imagen-  una especie de huracán Ike con mucha más saña trajo un vendaval de aguas que deterioró y dejó agonizando a mi vieja sala oscura. Mi dolor fue inmenso pues solo fui consciente del hecho cuando regresé a Chaparra y sentí que le había traicionado por haberle dejado solo. El agua comenzó la labor que los modernizadores terminaron. Ya los enamorados no podrán ir más a sentarse en el parque frente al cine para arrullarse y darse besos clandestinos mientras esperan la función de las nueve. Parece mentira que siendo la lluvia tan melancólica y romántica no haya tenido compasión al llevarse mi cine.

Juan R. Martinez

 

 

 

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¡Duerme entre tus blancas galas!
¡Duerme, mariposa mía!
Vuela bien: _ mi mano impía
No irá a cortarte las alas! _

Dormida. José Martí.

Ahí estás, dormida entre tus blancas galas…

Luces como en un cuento; como dormida en una ola de silencios;

Rehaciendo el germen de este amor forjado de dolor y versos.

Aquí estoy, con mi capricho vagando…

Deseoso de quebrar la paz de tu figura vaugueriana caribeña

Con estas manos colmadas de pecados amatorios y pan de dicha;

Declamando un poema por tu pabellón escoltado de aros y diademas.

No puedo, manchar el templo, con verso impuro tu alfombra:

Tengo la boca tan llena de palabras que podrían salir todas de golpe

En un desorden sin perdón; en maratones…

Y armarse un vendaval, un alud, una estampida:

no reconocerse gramaticalmente las dueñas de los versos

y romper el embrujo semántico del ángel que va adentro.

Tengo la boca rebosada de tantas frases camufladas con mis ojos

Palabras por decirte. Almas clandestinas agazapadas, en reposo.

¡Te miro desde aquí, ahí donde tú estás y aún no puedo!

Mis pensamientos son las notas de un piano singular

que goza un jazz entre susurros.

Eso sí, no un jazz cualquiera;

Son Bebo y Chucho y Emiliano y Gonzalito…

¡Todos tocando la comparsa de Lecuona a ocho manos!

¡Duerme entre tus blancas galas!
¡Duerme, mariposa mía!
Vuela bien: _ mi mano impía
No irá a cortarte las alas! _

 

Por los días en que me estrené de abuelo ni siquiera sabía que en Miami un grupo de cubanos estaban siendo juzgados, y encarcelados, y menos sabía la causa; pues las cosas a veces andan tan ocultas y tan en silencio que uno se viene a enterar cuando ya no tienen remedio. Mi primer nieto había nacido y yo solo estaba centrado en eso. Al cabo del tiempo comenzaron los comentarios y las noticias, la televisión, y algunos periodistas diciendo que si era injusta la prisión de aquellos cubanos, y que si esto y que lo otro; pero aún así yo, metido con lo de mi nieto y con aquella felicidad, no ganaba en conciencia de lo que estaba pasando en el mismo mundo en el que yo estaba y estoy viviendo aún. Con el paso del tiempo y con las informaciones más precisas y exactas ya, fui recolectando de aquí y de “allá” –porque es que hay que oír todas las partes para poder tener una visión certera de las cosas- me di cuenta que era cierto lo de la injusticia. Y cuando digo injusticia no es por sumarme y cacarear una consigna ni algo que repiten muchos sin siquiera pensar por qué lo dicen. Se perfectamente qué quiero decir cuando lo digo: mucha de mi paz y de la paz de mi nieto y de la de mis hijas, se lo debo a gente como ellos. Los presos de que hablo. Hay qué ser muy mal agradecido para no ponerse a pensar en eso ni un instante. ¡Ya Juancito, mi nieto, tiene trece años!

 

Hace tres días que Juancito se está quedando a dormir con mi esposa y conmigo; el no anda mirando que nosotros vivimos en un cuarto que es casi una cuevita llena de incomodidades y que él pesa más de cien libras y así mismo dormimos los tres en una box spring que ni es camera ni nada por el estilo. Dormimos ahí apretados y ahogados del calor y aquello es un desmadre pues los tres somos obesos!

 

Hoy, cuando llegó de la escuela, está cursando el octavo grado, lo regañé fuertemente porque no había hecho las tareas y le faltaban unas clases por copiar. Lo regañe con deseos de reír pues cuando la profesora me dio la queja me contó que le había revisado la libreta y le dijo que tenía que llevar las clases que la faltaban copiadas. Ella le pidió la libreta a una niña muy aplicada y le dijo a él que copiara por la libreta de Yalena. Él, muy serio, tomó el cuaderno en sus manos y me cuenta la profesora que luego de revisarla con mucha espontaneidad le dijo a su compañera: ¿¡Mija, por qué tu copias tanto, hasta la sonrisa de la profe la copias para estar en buenas!?

 

El padre de Juancito le regaló 60 pesos convertibles para que se comparara una bicicleta y ¿qué hizo mi nieto? Fue y compró un equipo reproductor de DVD para regalármelo y que yo no pasara tanto trabajo a la hora de revisar las películas que debo comentar en la televisión. Así es Juancito. Come muchísimo si le doy dinero; pero no lo exige aunque yo sepa que tiene hambre y él sepa de sobra que yo tengo dinero. Se prepara un agua de azúcar, un huevo frito y un arroz blanco y ya. El propio padre no lo conoce tanto como yo que lo he tenido conmigo por trece años. Somos felices y salimos juntos y jugamos y peleamos y lo obligo a bañarse, a veces cuando llega muy cansado de jugar en la escuela o en el barrio. Vivimos en una paz y una armonía que solo la rompen Naomi y Manolito: mis otros nietos. Manolito tiene cuatro años y Naomi cinco. Ellos tienen otros intereses y los atiendo. Es terrible cuando se me unen los tres. Es una fiesta enorme que me deja sin muslos ni espalda. Nos olvidamos del mundo hablando de las cosas que le interesan a cada uno de ellos de acuerdo con su edad. Es un paraíso. Por cierto, una vez escribí este poema:

“NADIE PODRÁ NEGARME QUE VIVO EN EL PARAISO.”

Mi casa es el verdadero paraíso:

No tenemos microueif;

Ni pantalla de plasma

Con 43 canales de la red de cables;

Ni esplits para hibernarnos,

Cuando hace frío abrimos los pechos

Con amor y tolerancia logramos ebullir.

¡No tenemos plancha!

Ni licuadora Sony;

Ni de esas cafeteras eléctricas que casi hablan;

Ni sistemas de audio teatro en casa;

¡A veces, ni dinero…

Mi casa llueve adentro en plena seca.

Pagamos la corriente, el teléfono y el agua

Todo en las nubes.

Compramos las cosas de la cuota.

A cada paso tropiezas con un libro.

Hablamos alto

y de cuando en cuando nos cagamos en la mierda

mientras leemos la Santa Biblia

que está en el estante junto al Capital

y le ponemos flores a Changó y a Obbatalá

y una velita amarilla para Cacha

ahogados en el humo de un incienso, por si acaso.

En mi casa somos nueve

Que comemos carne puerco, potaje, arroz y viadas.

Mi casa no necesita rejas. ¡Total!

Tengo una Pentium dos del año del cometa.

En mi casa viven Martí, el Ché y Fidel

Por eso no hemos perdido la fe en Dios.

En mi casa hay cucarachas y mosquitos,

Un perro con sus garrapatas, gorriones y una rana

Que cohabitan en paradisíaca armonía.

Babilonia fenece de rubor ante el patio de mi casa.

Mi casa es el verdadero paraíso:

¡Mire usted como andan mis ángeles jodiendo!

 

Ese lo escribí el día 28 de febrero del año dos mil nueve mientras jugaba con mis nietos. Casi ni me dejaban escribir las ideas. ¡Coño, cuanta felicidad! Y entonces póngase usted a pensar en Ramón, Gerardo, Fernando, Antonio y René que ni si siquiera han podido gozar a sus hijos en doce años los que los tienen y no saben si los tendrán los que no los tienen y no saben del placer este de ser un abuelo acosado por los nietos y de poder discutir con los nietos y ni de tener todos los privilegios estos de los que le hablo a usted ahora. Y lo peor es que no saben si lo podrán ver como yo, es decir, con la vitalidad que aún tengo… Haga un momento y piense en eso… Si, usted, hablo con usted porque puede que usted sea uno de los que piensa en ellos, o tal vez sea uno de los cubanos que se ha ido de Cuba por la razón que sea y no piensa en estas cosas de la manera en que las pienso ahora. ¿Habrá que tener la edad que tengo ahora para ver la vida de esta manera? No es la primera vez que pienso en ellos:

CON ELLOS EN EL PECHO.

Las calles se abren a mi paso

El sol me ciega de alegría

Hay rosas húmedas flanqueando

Mis pasos

Nuestros pasos

La palmada al hombro

La sonrisa

Un grupo de niños corre libremente

Saltan por las calles

La risa es un trueno de felicidad

Mi nieto corre entre los niños

Que salen de la escuela

Sin temores de los Columbines

Lo miro y me miro

Me toco vivo. Sano.

Me reconozco en todos

Los que caminan sueltos

Por estas calles de eternas primaveras.

En el parque

Los abuelos hacen ejercicios

Matutinos

Vespertinos

Y la calle ríe

Y la calle goza

Mientras transcurre

La paz del día

Afuera y la gente suspira

Afuera la gente hace las colas

Se paran en los amarillos

Conscientes de sus carencias

Uno altera la voz y se avergüenza

Al recordar a los muchachos

Mientras adentro

Estoy a diez pasos de los padres de René

El muchacho que era una sombra por las calles de Miami…

Estoy seguro que no son solo cinco sombras

Los hombres y mujeres de las buenas ideas

Los que desandan con el corazón en la mano

Exprimiéndolo al máximo

Para que Juancito corra y salte con el grupo

Que sale de la escuela;

Para que Naomi Salomé duerma placentera

En los brazos de Mildred que le canta;

Para que los ancianos sigan

Campeones de la senectud tranquila;

Para que Ruth pueda hablar y hablar y hablar…

Para que las calles se abran a mi paso

Mientras me detengo a mirar las colas,

A mirar el grupo desesperado de los Amarillos

A pisotear las dificultades

Que existen dondequiera

Con los muchachos en el pecho.

El cuatro de noviembre del dos mil seis lo había hecho, pero no como ahora. De ahí salió ese otro escrito que les compartí ahora.

 

Me puedes decir la ofensa que desees hundido en la ceguera o la soberbia, no me importa, te entiendo. Aunque no lo quieras asimilar así, esas personas son la paz. Con cincuenta y ocho años me pueden hablar de las cosas buenas y de las cosas malas que hay aquí, donde escogí vivir: las he visto, las veo y trato de enmendar algunas, hasta donde puedo. Este es mi modo de ver el paraíso. Me pueden hablar de oportunistas y de arribistas porque los conozco y los veo en este paraíso y en el de allá. Hay de todo. ¡Oye eso! Acaban de dinamitar otra ciudad de Libia y se están muriendo unos jovencitos de hambre en Chile por una huelga! Ahí viene Juancito de la escuela y ya pasó a recoger a Naomi y a Manolito para ayudarle a su tía. Vienen sin peligro alguno. ¿Será eso la paz? Le zumba que ahora le den la libertad a uno solo y tenga que quedarse allá tres años más sin el querer estar allá. Le zumba que esos hombres no hayan podido disfrutar hijos en trece años mientras miro a mi Juancito enorme con sus trece años. ¿Será posible que un día puedan ver sus nietos? ¿Podrán discutir las tareas y las travesuras de sus hijos y sus nietos algún día? Están presos y ni siquiera me conocen. Ni te conocen a ti… No saben quien es Juancito, ni Naomi, ni Manolito…

 

Es terrible… Es triste. Triste. Triste…

 

 

Bayamo, 23-24 de septiembre de 2011.

 

 

 

 

Existe un verso

De dulce fuego y rostro multilingüe

Que se mueve indeciso de los dedos al cerebro

Se para en los labios del poeta y se retracta

Siento a ese verso

Posado en la popa del deseo

Verso solo

Con determinación y alta autoestima

Verso introvertido que no escapa

Aún cuando le provoca la cresta de una ola mañanera

Oscila. Se detiene.

Moja sus labios

Rueda de estribor hasta babor

Lame la sal de la tormenta

Muerde el deseo mientras vuela

Del carmín de unos pies

Hasta el sol poniente de unos cabellos sueltos

Se vuelve. Gime.

Pulsa los barrotes de las manos que le acunan

Tiembla y quiere verse impreso

Quiere sentirse dicho

En un poema repleto de erotismo

De un erotismo tal

Que mate de envidia al propio Eros

Se mueve. Sube. Baja

Amenaza con besar las olas

el solo verso, el lisonjero

el callado verso sin poema

colmado de lujurias mundanas, de recuerdos

mastica el beso y se lo traga nuevamente

piensa en lo que diría Martí; su héroe, su escudero:

“¡Beso no dado, es beso todavía!”

¡Da un giro y se transforma!

¡Es tinta!

¡Es puro verso!

¡Se escapa de los dedos!

¡Se ha fugado del cerebro!

Se riega tan largo cual el beso…

Por toda una línea de soneto

Pierde la rima y sigue andando

No desea ser un verso con patrones

Un sencillo y común verso

Solo desea ser un verso. Libre. Sin métrica.

                                 Sin reglas y sin ritmo.

¡Un verso libre con un beso preso!

¿Y que más da?

¡Un beso preso,

                      sigue siendo un beso todavía!

Mira al maestro que le dice:

¡Vuela verso!

¡Recorre tu poema de los pies a la cabeza

Detente a libar de su génesis; sus fuentes

Sumérgete en su cuerpo

Duerme en sus entrañas. Sueña…

“¡Espíritu, a soñar! Soñando, crece

La eternidad en ti, Dios en la altura!”

 

 

 

 

                                                                                                   21 de julio de 2011.

 

 

EL PRECIO DEL PERDÓN Juan Ramírez Martínez.

“Una densa neblina cae desde hace varios días sobre un pequeño pueblo de la costa sur de Senegal, impidiendo la salida al mar de las piraguas. El viejo morabito –especie de adivino o guía- del pueblo, moribundo ya, no puede oficiar. Su hijo de 20 años, Mbanik, debe desafiar a los espíritus del mal en su lugar. Cuando la neblina desaparece, el joven Mbanik gana el reconocimiento de los habitantes del pueblo y conquista un poco más el corazón de Maxoye, una joven del pueblo. Pero estos éxitos avivan los celos de Yatma, su amigo de la infancia…” Así se nos presenta esta cinta de ficción africana del año dos mil uno en la sinopsis que le antecede. Mas, una sinopsis nunca hace justicia a una película; solo es una especie de información sintética que nos sirve de motivación. Confieso que no fue tanto la sinopsis como el origen de la película lo que me hizo sentarme por espacio de 87 minutos a disfrutar de esta obra. Y digo disfrutar no con el sentido de ejercer una premeditada atracción hacia el espectador; cuando lo digo, es porque realmente es un ejemplo de buen cine con pocos recursos materiales; en fin, un cine disfrutable. Tal y como lo solicitan los requisitos de presentación acordados con los organizadores de esta excelente muestra de cine africano les digo que “El precio del perdón” fue realizada en el año 2001 por el senegalés Mansour Sora Wade, uno de los más notables cineastas africanos de las últimas décadas, quien nos traslada esta vez a una atmósfera de irrealidades místicas, donde se conjugan magistralmente las fuerzas naturales de la existencia misma y la sabiduría profética de los ancestros nativos para brindarnos una fábula relacionada con los géneros de la fantasía, el romance y la aventura. Este filme alcanzó el premio Tanit d’Or en el Festival de Cartago, uno de los eventos consagrados a distinguir lo más relevante de la producción continental. Junto al resto de las propuestas que ofrece la Muestra de cine africano, El precio del perdón contribuye a perpetuar la realidad, los valores socio-históricos, idiosincrasia, tradiciones y el folclor de las naciones afro caribeñas, permitiendo al público espectador un contacto directo con la singular y a la vez diversa realidad de estas naciones.” Es curioso, se habla de estas naciones, y cuando hacemos un bojeo interior por muchas de nuestras costumbres y creencias, así como gustos estéticos, vamos a descubrirnos en el interior de estas cintas porque, obviamente, estamos hablando de un pasado común. Cumplido los compromisos protocolares procedo a decirles que estamos ante una obra que nos remonta a los artificios de la vieja estructura del la tragedia con un aderezo más contemporáneo. El precio del perdón tiene de Shakespeare y del teatro griego, tiene de lo contemporáneo y de lo común porque es una cinta donde no se escamotean discursos, sino que se ponen las coartas sobre la mesa de una manera desenfadada sin temor a sentirse repetidos en la dramaturgia o la esencia de la historia contada. Sin dudas es aleccionadora la cinta, fábula aparte, cuando nos dice de la necesidad de preservar valores ante la eminente codicia. Los celos y la ambición están presentes en la trama, hasta el punto de llevar a la destrucción de una familia. Yatma tendrá que pagar el precio del perdón ante sus pecados y con una narración lineal, ejemplo de la no complicación de las historias, nos lleva a través del pequeño pueblo y descubrimos modos de vida, habitus, y cosas de las que tal vez habíamos escuchado o leído pero nunca visto en su contexto real. Una vez desaparecida la neblina descubrimos la policromía de África, de los atuendos del vestuario senegalés y de la forma en que ofician sus sacerdotes. El colorido de los trajes nos dejan deslumbrados al ver el modo en que se insertan dentro del ambiente folclórico y de la exuberancia de la naturaleza circundante. El precio del perdón nos permite adentrarnos en ritos y prácticas culturales que tal vez no aporten a la trama, pero que enriquecen nuestra cultura de manera increíble. Es fantástico ver al griot, especie de juglar, cantando los acontecimientos y tratando de preservar la práctica de esa cultura. Pasados estos aspectos de la dirección de arte me gustaría comentar el modo en que se nos narran las fábulas. Los efectos especiales que desborda el cine actual casi nos habían hecho olvidar estas maneras de narrar. La sencillez de las marionetas de papel utilizadas al estilo de las sombras chinescas reviven un mundo fantástico que nos alerta sobre la pérdida de la candidez en la apreciación del cine al estar buscando métodos y recursos más sofisticados e impresionantes cada día. Es por esa sencilla razón que fascina el método dentro de un ambiente de ingenuidad. Las fábulas contadas nos anticipan los acontecimientos futuros y el encanto donde nos encontraremos. Es una verdadera lástima que no podamos encontrarnos con mayor frecuencia ante películas como estas, que en cierto modo, nos pueden ayudar a comprender muchas cosas de nuestras raíces. PRECIO DEL PERDÓN Juan Ramírez Martínez. “Una densa neblina cae desde hace varios días sobre un pequeño pueblo de la costa sur de Senegal, impidiendo la salida al mar de las piraguas. El viejo morabito –especie de adivino o guía- del pueblo, moribundo ya, no puede oficiar. Su hijo de 20 años, Mbanik, debe desafiar a los espíritus del mal en su lugar. Cuando la neblina desaparece, el joven Mbanik gana el reconocimiento de los habitantes del pueblo y conquista un poco más el corazón de Maxoye, una joven del pueblo. Pero estos éxitos avivan los celos de Yatma, su amigo de la infancia…” Así se nos presenta esta cinta de ficción africana del año dos mil uno en la sinopsis que le antecede. Mas, una sinopsis nunca hace justicia a una película; solo es una especie de información sintética que nos sirve de motivación. Confieso que no fue tanto la sinopsis como el origen de la película lo que me hizo sentarme por espacio de 87 minutos a disfrutar de esta obra. Y digo disfrutar no con el sentido de ejercer una premeditada atracción hacia el espectador; cuando lo digo, es porque realmente es un ejemplo de buen cine con pocos recursos materiales; en fin, un cine disfrutable. Tal y como lo solicitan los requisitos de presentación acordados con los organizadores de esta excelente muestra de cine africano les digo que “El precio del perdón” fue realizada en el año 2001 por el senegalés Mansour Sora Wade, uno de los más notables cineastas africanos de las últimas décadas, quien nos traslada esta vez a una atmósfera de irrealidades místicas, donde se conjugan magistralmente las fuerzas naturales de la existencia misma y la sabiduría profética de los ancestros nativos para brindarnos una fábula relacionada con los géneros de la fantasía, el romance y la aventura. Este filme alcanzó el premio Tanit d’Or en el Festival de Cartago, uno de los eventos consagrados a distinguir lo más relevante de la producción continental. Junto al resto de las propuestas que ofrece la Muestra de cine africano, El precio del perdón contribuye a perpetuar la realidad, los valores socio-históricos, idiosincrasia, tradiciones y el folclor de las naciones afro caribeñas, permitiendo al público espectador un contacto directo con la singular y a la vez diversa realidad de estas naciones.” Es curioso, se habla de estas naciones, y cuando hacemos un bojeo interior por muchas de nuestras costumbres y creencias, así como gustos estéticos, vamos a descubrirnos en el interior de estas cintas porque, obviamente, estamos hablando de un pasado común. Cumplido los compromisos protocolares procedo a decirles que estamos ante una obra que nos remonta a los artificios de la vieja estructura del la tragedia con un aderezo más contemporáneo. El precio del perdón tiene de Shakespeare y del teatro griego, tiene de lo contemporáneo y de lo común porque es una cinta donde no se escamotean discursos, sino que se ponen las coartas sobre la mesa de una manera desenfadada sin temor a sentirse repetidos en la dramaturgia o la esencia de la historia contada. Sin dudas es aleccionadora la cinta, fábula aparte, cuando nos dice de la necesidad de preservar valores ante la eminente codicia. Los celos y la ambición están presentes en la trama, hasta el punto de llevar a la destrucción de una familia. Yatma tendrá que pagar el precio del perdón ante sus pecados y con una narración lineal, ejemplo de la no complicación de las historias, nos lleva a través del pequeño pueblo y descubrimos modos de vida, habitus, y cosas de las que tal vez habíamos escuchado o leído pero nunca visto en su contexto real. Una vez desaparecida la neblina descubrimos la policromía de África, de los atuendos del vestuario senegalés y de la forma en que ofician sus sacerdotes. El colorido de los trajes nos dejan deslumbrados al ver el modo en que se insertan dentro del ambiente folclórico y de la exuberancia de la naturaleza circundante. El precio del perdón nos permite adentrarnos en ritos y prácticas culturales que tal vez no aporten a la trama, pero que enriquecen nuestra cultura de manera increíble. Es fantástico ver al griot, especie de juglar, cantando los acontecimientos y tratando de preservar la práctica de esa cultura. Pasados estos aspectos de la dirección de arte me gustaría comentar el modo en que se nos narran las fábulas. Los efectos especiales que desborda el cine actual casi nos habían hecho olvidar estas maneras de narrar. La sencillez de las marionetas de papel utilizadas al estilo de las sombras chinescas reviven un mundo fantástico que nos alerta sobre la pérdida de la candidez en la apreciación del cine al estar buscando métodos y recursos más sofisticados e impresionantes cada día. Es por esa sencilla razón que fascina el método dentro de un ambiente de ingenuidad. Las fábulas contadas nos anticipan los acontecimientos futuros y el encanto donde nos encontraremos. Es una verdadera lástima que no podamos encontrarnos con mayor frecuencia ante películas como estas, que en cierto modo, nos pueden ayudar a comprender muchas cosas de nuestras raíces.

via TODOARTE.JUAN › Editar — WordPress.

Cubadisco es todo un espectáculo alrededor de la música cubana que por muchos años ha sido privilegio solo de las personas que residen en la llamada capital de todos los cubanos. Este año el Cubadisco, como todos le llaman a este show, ha salido de La Habana y se ha hecho recorrer en las distintas ciudades del país; lógico, solo de una manera representativa pues el fuerte siempre estará en la capital. No obstante ello, la UNEAC ha hecho un gran esfuerzo y se ha hecho sentir en la población de una manera discreta a través de una serie de actividades realmente interesantes.

 

Como siempre, todo tiene un artífice, no podemos dejar de mencionar a Luis Millet Yaque, entusiasta músico y arreglista ni a César Odio, trombonista y apasionado de la música: a ellos les ha tocado jugar por derecho propio ya que ambos son de la directiva de música y de la presidencia de la UNEAC en Granma. Pero hay alguien que a mi juicio debe llevarse el grueso de los elogios y aunque miembro también de la directiva, ha logrado aglutinar con tino a las más disímiles personas en torno a lo mágico religioso y hacer magia con la realidad para lograr un evento, que aunque modesto, no tiene nada que envidiar a ningún otro, esa persona de quien estoy hablando es  Juan Salvador Guevara, escritor y crítico de prestigio y puntería.

 

Este cubadisco fue pretexto para descubrir las dotes de una serie de músicos que se unían por casualidad para hacer un jazz latino de altura acompañados del joven pianista Ronald Rivero, quien dejó bien claro para todos que él es el y a partir de ahora va a hacer su espacio de domingo en el patio de la UNEAC para que juntos podamos seguir disfrutando de tardes como las que pudimos disfrutar los pasados días 4 y 5 de mayo. ¡Qué buena entrada a la primavera!