Por los días en que me estrené de abuelo ni siquiera sabía que en Miami un grupo de cubanos estaban siendo juzgados, y encarcelados, y menos sabía la causa; pues las cosas a veces andan tan ocultas y tan en silencio que uno se viene a enterar cuando ya no tienen remedio. Mi primer nieto había nacido y yo solo estaba centrado en eso. Al cabo del tiempo comenzaron los comentarios y las noticias, la televisión, y algunos periodistas diciendo que si era injusta la prisión de aquellos cubanos, y que si esto y que lo otro; pero aún así yo, metido con lo de mi nieto y con aquella felicidad, no ganaba en conciencia de lo que estaba pasando en el mismo mundo en el que yo estaba y estoy viviendo aún. Con el paso del tiempo y con las informaciones más precisas y exactas ya, fui recolectando de aquí y de “allá” –porque es que hay que oír todas las partes para poder tener una visión certera de las cosas- me di cuenta que era cierto lo de la injusticia. Y cuando digo injusticia no es por sumarme y cacarear una consigna ni algo que repiten muchos sin siquiera pensar por qué lo dicen. Se perfectamente qué quiero decir cuando lo digo: mucha de mi paz y de la paz de mi nieto y de la de mis hijas, se lo debo a gente como ellos. Los presos de que hablo. Hay qué ser muy mal agradecido para no ponerse a pensar en eso ni un instante. ¡Ya Juancito, mi nieto, tiene trece años!
Hace tres días que Juancito se está quedando a dormir con mi esposa y conmigo; el no anda mirando que nosotros vivimos en un cuarto que es casi una cuevita llena de incomodidades y que él pesa más de cien libras y así mismo dormimos los tres en una box spring que ni es camera ni nada por el estilo. Dormimos ahí apretados y ahogados del calor y aquello es un desmadre pues los tres somos obesos!
Hoy, cuando llegó de la escuela, está cursando el octavo grado, lo regañé fuertemente porque no había hecho las tareas y le faltaban unas clases por copiar. Lo regañe con deseos de reír pues cuando la profesora me dio la queja me contó que le había revisado la libreta y le dijo que tenía que llevar las clases que la faltaban copiadas. Ella le pidió la libreta a una niña muy aplicada y le dijo a él que copiara por la libreta de Yalena. Él, muy serio, tomó el cuaderno en sus manos y me cuenta la profesora que luego de revisarla con mucha espontaneidad le dijo a su compañera: ¿¡Mija, por qué tu copias tanto, hasta la sonrisa de la profe la copias para estar en buenas!?
El padre de Juancito le regaló 60 pesos convertibles para que se comparara una bicicleta y ¿qué hizo mi nieto? Fue y compró un equipo reproductor de DVD para regalármelo y que yo no pasara tanto trabajo a la hora de revisar las películas que debo comentar en la televisión. Así es Juancito. Come muchísimo si le doy dinero; pero no lo exige aunque yo sepa que tiene hambre y él sepa de sobra que yo tengo dinero. Se prepara un agua de azúcar, un huevo frito y un arroz blanco y ya. El propio padre no lo conoce tanto como yo que lo he tenido conmigo por trece años. Somos felices y salimos juntos y jugamos y peleamos y lo obligo a bañarse, a veces cuando llega muy cansado de jugar en la escuela o en el barrio. Vivimos en una paz y una armonía que solo la rompen Naomi y Manolito: mis otros nietos. Manolito tiene cuatro años y Naomi cinco. Ellos tienen otros intereses y los atiendo. Es terrible cuando se me unen los tres. Es una fiesta enorme que me deja sin muslos ni espalda. Nos olvidamos del mundo hablando de las cosas que le interesan a cada uno de ellos de acuerdo con su edad. Es un paraíso. Por cierto, una vez escribí este poema:
“NADIE PODRÁ NEGARME QUE VIVO EN EL PARAISO.”
Mi casa es el verdadero paraíso:
No tenemos microueif;
Ni pantalla de plasma
Con 43 canales de la red de cables;
Ni esplits para hibernarnos,
Cuando hace frío abrimos los pechos
Con amor y tolerancia logramos ebullir.
¡No tenemos plancha!
Ni licuadora Sony;
Ni de esas cafeteras eléctricas que casi hablan;
Ni sistemas de audio teatro en casa;
¡A veces, ni dinero…
Mi casa llueve adentro en plena seca.
Pagamos la corriente, el teléfono y el agua
Todo en las nubes.
Compramos las cosas de la cuota.
A cada paso tropiezas con un libro.
Hablamos alto
y de cuando en cuando nos cagamos en la mierda
mientras leemos la Santa Biblia
que está en el estante junto al Capital
y le ponemos flores a Changó y a Obbatalá
y una velita amarilla para Cacha
ahogados en el humo de un incienso, por si acaso.
En mi casa somos nueve
Que comemos carne puerco, potaje, arroz y viadas.
Mi casa no necesita rejas. ¡Total!
Tengo una Pentium dos del año del cometa.
En mi casa viven Martí, el Ché y Fidel
Por eso no hemos perdido la fe en Dios.
En mi casa hay cucarachas y mosquitos,
Un perro con sus garrapatas, gorriones y una rana
Que cohabitan en paradisíaca armonía.
Babilonia fenece de rubor ante el patio de mi casa.
Mi casa es el verdadero paraíso:
¡Mire usted como andan mis ángeles jodiendo!
Ese lo escribí el día 28 de febrero del año dos mil nueve mientras jugaba con mis nietos. Casi ni me dejaban escribir las ideas. ¡Coño, cuanta felicidad! Y entonces póngase usted a pensar en Ramón, Gerardo, Fernando, Antonio y René que ni si siquiera han podido gozar a sus hijos en doce años los que los tienen y no saben si los tendrán los que no los tienen y no saben del placer este de ser un abuelo acosado por los nietos y de poder discutir con los nietos y ni de tener todos los privilegios estos de los que le hablo a usted ahora. Y lo peor es que no saben si lo podrán ver como yo, es decir, con la vitalidad que aún tengo… Haga un momento y piense en eso… Si, usted, hablo con usted porque puede que usted sea uno de los que piensa en ellos, o tal vez sea uno de los cubanos que se ha ido de Cuba por la razón que sea y no piensa en estas cosas de la manera en que las pienso ahora. ¿Habrá que tener la edad que tengo ahora para ver la vida de esta manera? No es la primera vez que pienso en ellos:
CON ELLOS EN EL PECHO.
Las calles se abren a mi paso
El sol me ciega de alegría
Hay rosas húmedas flanqueando
Mis pasos
Nuestros pasos
La palmada al hombro
La sonrisa
Un grupo de niños corre libremente
Saltan por las calles
La risa es un trueno de felicidad
Mi nieto corre entre los niños
Que salen de la escuela
Sin temores de los Columbines
Lo miro y me miro
Me toco vivo. Sano.
Me reconozco en todos
Los que caminan sueltos
Por estas calles de eternas primaveras.
En el parque
Los abuelos hacen ejercicios
Matutinos
Vespertinos
Y la calle ríe
Y la calle goza
Mientras transcurre
La paz del día
Afuera y la gente suspira
Afuera la gente hace las colas
Se paran en los amarillos
Conscientes de sus carencias
Uno altera la voz y se avergüenza
Al recordar a los muchachos
Mientras adentro
Estoy a diez pasos de los padres de René
El muchacho que era una sombra por las calles de Miami…
Estoy seguro que no son solo cinco sombras
Los hombres y mujeres de las buenas ideas
Los que desandan con el corazón en la mano
Exprimiéndolo al máximo
Para que Juancito corra y salte con el grupo
Que sale de la escuela;
Para que Naomi Salomé duerma placentera
En los brazos de Mildred que le canta;
Para que los ancianos sigan
Campeones de la senectud tranquila;
Para que Ruth pueda hablar y hablar y hablar…
Para que las calles se abran a mi paso
Mientras me detengo a mirar las colas,
A mirar el grupo desesperado de los Amarillos
A pisotear las dificultades
Que existen dondequiera
Con los muchachos en el pecho.
El cuatro de noviembre del dos mil seis lo había hecho, pero no como ahora. De ahí salió ese otro escrito que les compartí ahora.
Me puedes decir la ofensa que desees hundido en la ceguera o la soberbia, no me importa, te entiendo. Aunque no lo quieras asimilar así, esas personas son la paz. Con cincuenta y ocho años me pueden hablar de las cosas buenas y de las cosas malas que hay aquí, donde escogí vivir: las he visto, las veo y trato de enmendar algunas, hasta donde puedo. Este es mi modo de ver el paraíso. Me pueden hablar de oportunistas y de arribistas porque los conozco y los veo en este paraíso y en el de allá. Hay de todo. ¡Oye eso! Acaban de dinamitar otra ciudad de Libia y se están muriendo unos jovencitos de hambre en Chile por una huelga! Ahí viene Juancito de la escuela y ya pasó a recoger a Naomi y a Manolito para ayudarle a su tía. Vienen sin peligro alguno. ¿Será eso la paz? Le zumba que ahora le den la libertad a uno solo y tenga que quedarse allá tres años más sin el querer estar allá. Le zumba que esos hombres no hayan podido disfrutar hijos en trece años mientras miro a mi Juancito enorme con sus trece años. ¿Será posible que un día puedan ver sus nietos? ¿Podrán discutir las tareas y las travesuras de sus hijos y sus nietos algún día? Están presos y ni siquiera me conocen. Ni te conocen a ti… No saben quien es Juancito, ni Naomi, ni Manolito…
Es terrible… Es triste. Triste. Triste…
Bayamo, 23-24 de septiembre de 2011.